sábado, 6 de abril de 2013

¿Qué no se podrá vender?

Me gustaría comenzar el blog hablando de una noticia relacionada con un país al que admiro bastante y de cuya cultura he sufrido un flechazo: China.
No se trata de una noticia nueva, pero su relevancia, a mi forma de ver, viene como anillo al dedo para comenzar esta aventura marketera y, como comentaré al final de la entrada, la moraleja que nos enseña es un principio que todos los profesionales que se dediquen al marketing deberíamos tatuarnos en algún lugar visible del cuerpo.
De todos es sabido que las ciudades son grandes focos de contaminación: tráfico, fábricas, basura, radiación... quizás algunos estén acostumbrados a sufrir éstos irritables efectos en sus carnes, al tener que vivir o trabajar en una gran ciudad, aunque, me temo que el ejemplo que traigo es una de las madres de la contaminación mundial, situándose entre las quince ciudades más contaminadas del mundo: Pekín.
Gran parte de la contaminación en
 Pekín se debe a la inmensa masa de
coches
Como la imagen de la izquierda nos muestra, nuestros compadres pekineses están obligados a nadar en mares de neblina contaminante en su día a día, expuestos a las terribles consecuencias sobre la salud que ello les depara.
Pues bien, a lo que iba.
Todos sabemos que siempre que haya posibilidad de negocio (o una gran masa de gente con necesidades), ahí aparecerá un chino para ganar dinero. Y si es en China, creo que las posibilidades se multiplican por varios millones.
El caso que más me ha llamado la atención es el de Chen, empresario y filántropo chino que ha tenido la maravillosa idea de vender aire puro enlatado, haciendo un gran favor a sus paisanos o aprovechándose de su desesperación (creo que me decanto por lo segundo).
Comenzó vendiendo latas de este aire (supuestamente proveniente de los puntos más impolutos de China) en la calle, hasta que descubrió que la cosa era seria, que podía de verdad sacar partido de ésta coña enlatada, haciendo que la expresión "vender humo" cobrara por fin algo de valor (económico). Más tarde las fabricó en masa y las vendió a 0,70 céntimos la lata, amasando una fortuna de 5,5 millones de euros (en yuanes son casi 45 millones).
No es mi intención demonizar a este hombre, puesto que la fortuna adquirida estaría destinada a causas sociales anticontaminantes.
El orgulloso Chen con su histórico producto
 
Esto es sólo un ejemplo más (quizás de lo más extremo) de una buena campaña de marketing; de cómo saber administrar la información que se tiene del público, del entorno. Emprender, quizás sea la palabra; aprovechar un nicho donde nadie ha estado. Saber que la gente puede estar tan desesperada por su salud que esté dispuesta a gastarse su dinero en una lata en cuyo interior no hay nada o, mejor dicho, mucho. "Mucho" en este caso es una tabla de salvación para sus pulmones, una pausa necesaria en nuestro organismo.
Sin duda, el señor Chen es un genio.
Para terminar, me gustaría acabar por donde he empezado, haciéndoos partícipes de la moraleja prometida al principio: si un señor puede vender una lata vacía, ¿qué no se podrá vender?
Feliz fin de semana.

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